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Un bocadillo para la esperanza

Como cada viernes, al caer la tarde en Madrid, jóvenes estudiantes como Ignacio y Jaime cambian sus salidas nocturnas por una particular visita a tierra de nadie. En el sector 6 de la Cañada Real conviven (malviven) numerosas familias de etnia gitana e inmigrantes con cientos de drogodependientes y delincuentes a los que la sociedad no quiere mirar. Los niños, la mayoría de ellos sin escolarizar, corretean y juegan descalzos entre basura, jeringuillas y escombros. Ignacio Cabello, voluntario de la Asociación Pasión por el hombre-Bocatas lo sabe muy bien: “Valdemingómez, a tan sólo diez minutos de Madrid, es un foco de insalubridad, delincuencia, tráfico de drogas e inseguridad. Un mundo en el que todo se compra y se vende: el cuerpo, el alma, la vida y hasta las esperanzas por unos gramos de droga”. En este enclave marginal de la capital, sus habitantes sobreviven, minuto a minuto, aferrándose como pueden a su difícil existencia.

Hace ya más de veinte años, tres jóvenes universitarios: Nachito, Chules y Jorge comenzaron a repartir bocadillos y caldo caliente entre los indigentes que se refugiaban del frío en los bajos de Azca. Después se dirigieron a Las Barranquillas y hoy, más de 40 voluntarios de Bocatas acuden semanalmente al poblado madrileño de Valdemingómez para ofrecer a los toxicómanos algo de comida, bebida, ropa y, lo más importante, una dosis de esperanza en torno a una hoguera que, a diferencia de las que iluminan las puertas de las infraviviendas del poblado, no señaliza ningún punto de venta de droga. “Es un auténtico drama –cuenta Ignacio-, pero en medio de toda esa “basura”, han florecido rela­ciones con muchos de ellos que nos han hecho ver que son personas, como tú y como yo. Santi y Ana, el Nano, Sevi­lla, Pedro, Felipe, Luis, Reduán, la Petri, Mek y Medussa, Mariví o el Chino. Algunos, incluso, han dado el paso de dejar la droga y mantienen la amistad con nosotros”, apunta Ignacio. A menudo la mayor dificultad con la que se encuentra una persona que quiere dejar la droga después de diez, quince o veinte años en el poblado es verse absolutamente solo, no tener adónde ir, nadie a quién recurrir. Todos afirman que “lo difícil no es salir, sino no volver a caer”.

Algunos han pasado de la desesperación a la esperanza gracias a Bocatas. Sandokan, Magdalena, Julián, Sebas, el Meji, Harry Potter, Chema, Miguel o Carlos… Felizmente rescatados del infierno, se esfuerzan para poder reintegrarse en la sociedad. “Son nuestros amigos y como tal, compartimos parte de nuestras vidas con ellos: cumpleaños, cenas, partidos de fútbol y hasta, en alguna ocasión, escapadas a la playa y a la montaña”, concluye Ignacio.

Además, en los últimos años, los voluntarios han establecido una estrecha relación con los hijos de los clanes gitanos del poblado –por paradójico que suene, dedicados al tráfico de drogas–. Al igual que con los drogadictos y los exdrogadictos, con los chavales gitanos el método es el mismo: la amistad, compartir la vida para que comprueben por ellos mismos que existe un modo diferente de comportarse, de tratar a las personas y de concebir la vida.

“Hoy me he dado cuenta de que todos son como tú y como yo” es el nombre del Proyecto impulsado por Bocatas que ha sido merecedor de uno de los IV Premios al Voluntariado Universitario, que concede la Fundación Mutua Madrileña . Ignacio está feliz por haber conseguido este premio para la Asociación, si bien, su mayor recompensa, sin duda, es haber ayudado a salir de la droga a cerca de una decena de personas junto a Bocatas.