El cáncer no llega solo. Con el diagnóstico irrumpe una fractura que atraviesa al paciente y alcanza a toda su familia. Cambian los tiempos, las prioridades y la forma de mirar el futuro. En ese proceso largo y complejo, el abordaje médico resulta imprescindible, pero también es muy importante el apoyo psicológico y humano. Así, las personas voluntarias se convierten en un pilar esencial para ayudar a sobrellevar mejor la enfermedad. Hoy, en el Día Mundial contra el Cáncer, reconocemos el papel de los voluntarios durante el proceso.
El cáncer es la primera causa de mortalidad a nivel global. De acuerdo con un estudio publicado en The Lancet, que analiza datos de 200 países, 18,5 millones de personas fueron diagnosticadas de cáncer y las estimaciones apuntan a que, en 2050, los nuevos casos aumentarán un 61%.
Más allá de los datos, el impacto del cáncer se mide en experiencias, porque la enfermedad no afecta únicamente a quien la padece. Padres, madres, parejas e hijos se convierten en cuidadores improvisados, aprenden a convivir con el miedo y reorganizan su día a día alrededor de consultas, ingresos hospitalarios y tratamientos. En este contexto, la atención sanitaria resulta esencial, pero no cubre todas las necesidades. El acompañamiento emocional, la escucha, la orientación práctica, el entretenimiento o la distracción resultan igual de importantes.
Es ahí donde el voluntariado desempeña un papel fundamental. En España, organizaciones como la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) articulan desde hace décadas una amplia red de personas voluntarias que acompañan a pacientes y familiares en distintas fases de la enfermedad. Recientemente, en colaboración con la Universidad de Extremadura, la AECC ha impulsado un programa de voluntariado universitario que permite a los estudiantes implicarse activamente en esta realidad.
El cáncer infantil añade una capa adicional de complejidad. Cuando el diagnóstico afecta a un niño, la enfermedad irrumpe de forma abrupta en una etapa vital marcada por el juego, el aprendizaje y la construcción de la identidad. La Fundación Aladina trabaja precisamente para humanizar la estancia hospitalaria de niños y adolescentes con cáncer, ofreciendo apoyo emocional tanto a los menores como a sus familias. A través de programas de voluntariado, muchos jóvenes universitarios de distintos perfiles académicos acompañan a los niños durante los ingresos, organizan actividades lúdicas y contribuyen a que el hospital sea un espacio menos hostil.
Más allá de nuestras fronteras
Si el impacto del cáncer en España es profundo, en muchos países pobres la enfermedad se ve agravada por la falta de recursos, de programas de prevención y de acceso al diagnóstico precoz. En este escenario, el voluntariado universitario ha dado lugar a proyectos que combinan formación, cooperación y compromiso social.
Entre las propuestas que este año compiten en los Premios al Voluntariado Universitario se encuentra el Proyecto Elikia: una esperanza para mujeres de Kinshasa, impulsado por alumnado de varias universidades junto a la ONG Amigos de Monkole. Su objetivo es reducir la incidencia y la mortalidad por cáncer de útero en mujeres de entre 25 y 50 años en la capital de la República Democrática del Congo. La clave está en la detección temprana del Virus del Papiloma Humano (VPH), responsable de alrededor del 98% de los casos de cáncer de cérvix.
Cada año, 15 estudiantes de Medicina y dos médicos se desplazan a Kinshasa para realizar cribados a más de 1.200 mujeres. Pero el proyecto va más allá de la intervención puntual: incluye charlas de prevención dirigidas al personal local y la formación de profesionales sanitarios de la zona, con el objetivo de que el conocimiento permanezca cuando los voluntarios regresan.
La prevención también es el eje del proyecto Stop Cáncer de Piel en Personas con Albinismo, desarrollado por la ONG África Directo en colaboración con estudiantes universitarios de distintos centros. En Mozambique, las personas con albinismo presentan un riesgo extremadamente alto de desarrollar cáncer de piel debido a la ausencia de melanina y a la falta de recursos de protección solar. A esta vulnerabilidad sanitaria se suma, en muchos casos, la exclusión social y la vulneración de derechos.
El papel de los voluntarios universitarios resulta esencial para sostener el proyecto. Coordinan la logística de las campañas médicas, apoyan a los dermatólogos sobre el terreno, distribuyen protectores solares y acompañan a los pacientes durante el proceso. Además, organizan talleres de sensibilización comunitaria que ayudan a desmontar estigmas y a fomentar la prevención desde edades tempranas.
La lucha contra el cáncer no siempre requiere presencia física inmediata. Así lo demuestra La detección temprana salva vidas, otro proyecto de África Directo en el que participan estudiantes de la Universidad Autónoma de Madrid y la Universidad CEU San Pablo. La iniciativa busca mejorar la prevención y el diagnóstico precoz del cáncer en la región de La Menoua, en Camerún, mediante campañas de sensibilización, formación sanitaria, pruebas de despistaje y la creación de una base de datos epidemiológica.
En este caso, gran parte del trabajo se realiza a distancia. Los voluntarios participan en la planificación del programa, elaboran materiales educativos, apoyan la formación en centros escolares y sanitarios, gestionan el registro de beneficiarios y diseñan y actualizan la base de datos oncológica. El proyecto prevé un viaje a Camerún en el verano de 2026, que permitirá reforzar sobre el terreno una labor que ya está sentando las bases para una mejor atención futura.
En un problema que fractura a familias enteras, el compromiso de personas anónimas capaces de escuchar, prevenir, formar y acompañar, recuerda que la lucha contra el cáncer también se libra en el terreno de lo humano.
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