Según el XIII Estudio sobre Voluntariado Universitario, elaborado por la Fundación Mutua Madrileña, más de 21.600 estudiantes participaron en actividades de voluntariado durante el último curso académico. Gran parte de ese torrente solidario se ha volcado en los Premios al Voluntariado Universitario, que en su decimotercera edición han recibido 90 candidaturas con la participación de más de 1.500 alumnos. Las cifras hablan de un compromiso creciente, pero ¿qué empuja hoy a tantos jóvenes a implicarse en acciones de voluntariado? ¿Qué buscan cuando deciden dar el paso y sumarse a una iniciativa social?
El voluntariado universitario ya no responde a una única motivación ni a un perfil homogéneo. Lejos de la imagen idealizada del altruismo puro o de la obligación académica, los estudiantes que se acercan hoy a una entidad social lo hacen desde una combinación de intereses, inquietudes y expectativas que hablan tanto de su generación como del contexto en el que viven.
Los datos del último estudio de la Fundación Mutua Madrileña permiten dibujar ese mapa de motivaciones con bastante precisión. Un tercio de los universitarios reconoce que su principal impulso para hacer voluntariado es el interés personal por la causa que defiende la entidad. Es decir, no se trata tanto de “hacer voluntariado” en abstracto, sino de implicarse en una causa concreta con la que existe afinidad, sensibilidad o identificación previa.
Este dato confirma una tendencia que se percibe desde hace años. Los jóvenes no buscan necesariamente compromisos genéricos, sino espacios donde sentir que su tiempo tiene sentido. El voluntariado se convierte así en una forma de canalizar preocupaciones sociales muy específicas (pobreza, salud, medio ambiente, infancia, exclusión…) que ya están presentes en su mirada del mundo.
Voluntariado y futuro profesional, una frontera cada vez más difusa
Junto al compromiso social, aparece con fuerza otra motivación clara: el desarrollo profesional. Según el estudio, tres de cada diez estudiantes se acercan al voluntariado con el objetivo de adquirir experiencia y competencias útiles para su futuro laboral.
Lejos de desvirtuar la acción voluntaria, este dato refleja un cambio de paradigma. Para muchos jóvenes, el voluntariado es también un espacio de aprendizaje real, donde se adquieren herramientas que difícilmente se obtienen en el aula. Son las conocidas como habilidades blandas, unas competencias especialmente valoradas en el entorno profesional. Hablamos del trabajo en equipo, la empatía, la escucha activa, la capacidad de adaptación a entornos cambiantes, la comunicación con colectivos diversos…
Entre la obligación y la elección
El estudio apunta que un 17% de los universitarios se acerca al voluntariado por razones académicas, como la obtención de créditos o la realización de prácticas curriculares. Aunque se trata de una motivación minoritaria, introduce un matiz relevante, el voluntariado no siempre nace de una decisión meramente altruista.
Para muchas entidades sociales, esta vía de acceso funciona como una primera toma de contacto. No son pocos los estudiantes que llegan impulsados por un requisito académico y descubren, durante el proceso, un espacio de compromiso con el que deciden continuar más allá de lo exigido. En otros casos, la experiencia se vive de forma más puntual, ligada al cumplimiento de un objetivo concreto.
Más abajo en la escala de motivaciones aparecen razones vinculadas al crecimiento personal. Uno de cada diez jóvenes afirma que participa en actividades de voluntariado para ganar confianza, desarrollarse personalmente o ampliar su círculo social. Aunque el porcentaje es menor, no es irrelevante. El voluntariado sigue siendo, para algunos jóvenes, un espacio donde construir su identidad, explorar quiénes son y mejorar sus relaciones con los demás.
A ello se suma un 7% que se acerca movido por la curiosidad, la inquietud de conocer cómo funcionan las ONG desde dentro. Esta motivación, aparentemente secundaria, revela un interés por comprender las estructuras sociales que sostienen la acción solidaria, más allá del gesto puntual de ayudar.
En conjunto, los datos muestran que el voluntariado universitario cumple una función formativa, sí, pero continúa siendo, ante todo, un espacio donde los jóvenes canalizan su voluntad de contribuir activamente a la sociedad.
Entender qué buscan hoy los jóvenes cuando hacen voluntariado no es solo una cuestión estadística. Es una invitación a repensar cómo se diseñan las propuestas, cómo se acompaña a quienes llegan y qué lugar se ofrece a una generación que quiere implicarse.
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